GALO GARCÍA IDROVO, EL FERROCARRIL MÁS DIFÍCIL DEL MUNDO,
ALAUSÍ-QUITO, INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA Y CULTURA POPULAR
“NUEVO ALAUSÍ”/COMISIÓN NACIONAL PERMANENTE
DE CONMEMORACIONES CÍVICAS, 2008, 320 PP.
El ferrocarril más difícil del mundo cuenta la historia del Ferrocarril
Trasandino según el testimonio oral de los habitantes de la cuenca del río
Chanchán y su memoria reunida a cuentagotas en documentos, fotografías y
telegramas casi todos rescatados una tarde por García y sus estudiantes del
Colegio Nacional González Suárez de la garganta húmeda de una quebrada.
El libro es ante todo un relato, la historia del ferrocarril ecuatoriano con-
tada por Homero Barragán (cuyo padre, Daniel Barragán, fue uno de los pri-
meros maquinistas ecuatorianos, cuando el manejo de las locomotoras era
cosa exclusiva de los operarios norteamericanos), quien logró conservar los
planos del trazado férreo. Contrastando el testimonio de Barragán con la
información documental y gráfica conservada en el Instituto de Investigación
Histórica y Cultura Popular Nuevo Alausí, García organiza la historia del
ferrocarril pieza por pieza en su difícil periplo rompiendo los Andes y des-
pertando regiones.
Una breve descripción geográfica del Ecuador y la diversidad regional,
topográfica, natural y cultural da inicio a la obra. Diversidad que redundó en
las dificultades geográficas, políticas y financieras que enfrentó la política
vial iniciada por García Moreno a inicios del siglo XX; abandonada o reto-
mada a tramos por sus sucesores y concluida por Eloy Alfaro con la llegada
del Trasandino a Quito. El trazo de la línea férrea varias veces repisado y
corregido debido a la topografía y clima de las tierras entre el bajo litoral y
los contrafuertes andinos.
Los capítulos primero, segundo y tercero cuentan detalles sobre los estu-
dios desarrollados por el ingeniero Kelly sobre el trazado del ferrocarril, la
decisión de seguir la ruta del río Chanchán, así como los primeros tramos
construidos, aprovechados unos y abandonados otros por lo deleznable del
terreno (con no pocos aluviones que borraron en minutos lo trabajado
durante semanas o meses) o por la decisión de redefinir el dibujo vial para
unir otras localidades.
SOLO LIBROS/Reseñas
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El ferrocarril avanza, entre los capítulos cuarto y quinto, en medio de las
tensiones políticas, los apretujones financieros que ocasiona la obra, la dina-
mización de las economías locales, la emergencia de nuevas poblaciones y
el esfuerzo de trabajadores, mecánicos, constructores y jornaleros oriundos
de las regiones de paso del tren o traídos desde muy lejos para responder a
las inclemencia del clima y los ambientes malsanos. La línea en construcción
es el escenario de encrucijadas culturales, étnicas e incluso lingüísticas y reli-
giosas. Jornaleros indígenas, mestizos, montubios, negros y jamaiquinos;
ingenieros norteamericanos y capataces italianos movilizados bajo la palabra
clave del progreso nacional: el ferrocarril:
El trabajo era incesante en todos y cada uno de los campamentos. Cada
quien deseaba terminar lo más pronto el tramo asignado. …Antes que amane-
ciera, los jefes y trabajadores estaban en pie para servirse el desayuno… El
movimiento sincronizado de picos, palas y lampones, iban dando vía para la
ubicación de los durmientes construidos con encontraban a la vera del camino
(p. 90).
Los capítulos sexto y séptimo cuentan el tránsito de la vía férrea hasta
Quito. La vía deja una estela de poblaciones nuevas o regiones que encuen-
tran un nombre bajo la tutela de la locomotora: Bucay, Sibambe, Huigra. El
duro paso de la Nariz del Diablo, sorteado con ingenio por los ingenieros, anti-
cipa la llegada a Alausí y, como si de una puerta se tratase, al enhebramiento
de las ciudades serranas: Riobamba, Ambato, Salcedo, Latacunga… Quito.
El libro alude también a Eloy Alfaro y Archer Harman. A partir de corres-
pondencia, telegramas y documentación de la Guayaquil & Quito Railway
Company, se registran las subsecuentes batallas libradas por el presidente
ecuatoriano y el responsable de la obra, por concluir la vía en medio de la
zozobra política, la crisis económica y la oposición. García registra episodios
inéditos de la visita del presidente Alfaro a Alausí y Guamote, durante la
construcción de los tramos más difíciles.
En los capítulos finales (octavo, noveno y décimo), la obra dedica su
atención a los preparativos en Quito ante la llegada del ferrocarril y la con-
vulsión política de esos años, que terminó con la muerte trágica de Don
Eloy. El periplo recorrido por los jefes del liberalismo radical, arrestados en
Guayaquil y conducidos a Quito, llevaría al Viejo Luchador nuevamente a
Alausí, esta vez con grillos y escoltado por el batallón Marañón hacia la capi-
tal, hacia su arrastre. Finalmente, la obra dedica su atención a la política
ferrocarrilera posterior al régimen alfarista.
En cada episodio, García relaciona el paso del ferrocarril con aspectos
de la historia local de la cuenca del río Chanchán. El poblamiento de Bucay,
la erección de Huigra como parroquia, el desarrollo de Alausí y el proyecto
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de erigir en aquella ciudad un monumento dedicado a Alfaro y Harman, ges-
tores del Ferrocarril Trasandino.
El ferrocarril más difícil del mundo goza de buena escritura. Se deja leer.
Sin embargo, una mejor organización de los temas abordados se extraña en
esta obra que, intercalando el relato histórico con la anécdota y el recuento
oral de ciertos episodios locales, los superpone de forma a veces arbitraria,
lo que produce el efecto de estar, más que ante un texto de carácter histó-
rico, frente a una monografía local. Un mejor tratamiento y orden de las
fuentes que alimentan el libro resolvería este inconveniente, aspecto que no
devalúa el estudio que constituye una manera inédita de contar el periplo
azaroso de la modernización del Ecuador a inicios del XX de mano del tren
y bajo el prisma de las localidades y gentes que asistieron a su tránsito.
En la historia del ferrocarril ecuatoriano quedan todavía algunos tramos
en claroscuro. Una nutrida bibliografía multidisciplinaria de reciente apari-
ción (que conjuga estudios de carácter histórico, testimonial, antropológico,
periodístico y visual)
1
quiere adelantar varios trechos en la investigación
sobre las huellas dejadas por el tren en la identidad nacional y en los ima-
ginarios locales del país. Trabajos que, junto a El ferrocarril más difícil del
mundo, muestran que su impronta está impresa no solo en miles de kiló-
metros de vía férrea, un abundante registro fotográfico (que adereza de vez
en cuando publicaciones de ingenua pretensión histórica y pobladas de
monótonas anécdotas de mal gusto) o en el legado arquitectónico de puen-
tes, túneles y estaciones en su mayoría derruidas o confundidas entre casas
de tapial y teja y abusivos edificios de bloque recién levantados. Su rastro
indeleble en el imaginario de localidades como Alausí y otras patrias chicas
remolcadas hacia el desarrollo y la modernidad por los vagones del tren,
conectadas en un esfuerzo motivado no solo por dinamizar la economía y
el intercambio de gentes y bienes, sino arraigado en la idea de conectar el
territorio con la nación ecuatoriana y superar los contrastes geográficos y
regionales, trazando un dibujo vial que conduzca hacia la integración.
Santiago Cabrera Hanna
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
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1. Me refiero a los estudios de Franklin Cepeda Astudillo, “Riobamba y el ferrocarril.
Nuevas dinámicas de intercambio regional en el primer cuarto del siglo XX”, en Procesos
No. 24, II segundo semestre 2006, pp. 165-195; María Pía Vera, edit., El camino de hierro.
Cien años de la llegada del ferrocarril a Quito, Biblioteca Básica de Quito, No. 20, Quito,
FONSAL, 2008; Sonia Fernández, comp., El ferrocarril de Alfaro. El sueño de la integra-
ción, Quito, Taller de Estudios Históricos/Corporación Editora Nacional, 2008; Carl Dieter
Gartelmann, Nariz del diablo y monstruo negro. El ferrocarril más difícil del mundo,
Quito, Trama, 2008; y Jean-Paul Deler, Ecuador, del espacio al Estado nacional, Quito,
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador/Corporación Editora Nacional/Instituto
Francés de Estudios Andinos, 2007, 2a. ed.
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RA
ÚL
HE
RNÁNDEZ
AS
ENSIO
, EL
MÁTEMÁTICO IMPACIENTE
.
LA CONDAMINE, LAS PIRÁMIDES DE QUITO Y LA CIENCIA ILUSTRADA,
1740-1751, LIMA, INSTITUTO DE ESTUDIOS PERUANOS/
UNIVERSIDAD ANDINA SIMÓN BOLÍVAR, SEDE ECUADOR, 2009, 316 PP.
El siglo XVIII está plagado de controversias entre los científicos euro -
peos, especialmente entre quienes defendían la influencia de Dios en la
comprensión de los fenómenos planetarios y quienes lo negaban. Uno de
los temas controversiales fue justamente la redondez de la Tierra, tema que
había obsesionado al mundo científico por al menos una centuria; no obs-
tante, la polémica se hace más compleja cuando se empieza a hablar de te -
mas como la fuerza de gravedad y la rotación del planeta. Como conse-
cuencia de tales debates, la Academia de Ciencias de París decidió enviar
una misión de científicos franceses a la Audiencia de Quito con el propósi-
to de medir el valor de un grado del arco meridiano, así como el valor de
un grado de paralelo terrestre y, con ello, corroborar las hipótesis newto-
nianas que, deviniendo de Copérnico, defendían el achatamiento polar de
nuestro planeta. Mantener la preeminencia era importante en una época en
que la ciencia estaba en íntima relación con las altas clases sociales y los paí-
ses pugnaban por ser los pioneros. Por ello Francia no escatima esfuerzos
pa ra hacer comprobaciones de campo en contraposición con los aspectos
teóricos ampliamente manejados por los científicos. Las misiones geodésicas
se convierten, por tanto, en verdaderos acontecimientos en la década y
quien logre resolver definitivamente la controversia sobre la forma del pla-
neta daría un paso consagratorio no solo para su propio prestigio sino tam-
bién para la Academia y el país auspiciante. Como queda dicho, Francia
tomó la posta, sin embargo, al momento de escoger a sus tres científicos que
habrían de llegar a América y realizar la delicada labor recrudecieron nue-
vamente las viejas controversias y disputas que mantenía desde hace mucho
tiempo atrás. Sin embargo, y más allá de la popularidad y los aportes cien-
tíficos de los miembros, la Academia se decantó por Louis Godín (jefe de la
expedición), Pierre Bouguer y Carlos María la Condamine. Mas, cuando en
1734 llegó a Madrid la respectiva petición por parte de la Academia, en la
corte española cundió la incertidumbre y las sospechas, sobre todo en una
época en que las relaciones entre los dos estados no eran del todo buenas.
No obstante, para España se presenta una oportunidad de oro para codear-
se con el país que más despuntaba en el mundo de las ciencias. A esto se
debe que la presencia de los jóvenes marinos Jorge Juan y Antonio de Ulloa
responda, más bien, a una concesión que hiciera la Academia en pago a las
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facilidades que le ofreciera la corte española para la realización de dichos
estudios en suelo americano, antes que a sus méritos científicos. La misión
quedó conformada definitivamente con trece miembros, pues, a más de los
tres científicos franceses y los dos marinos españoles, se sumaron Joseph de
Jussieu, encargado de analizar la flora andina con miras a un posible apro-
vechamiento científico y comercial, el relojero Hugot y el ingeniero
Morainville; el cirujano Sérniergues y los dibujantes Verguin y Couplet y cua-
tro criados más.
En 1736, cuando la misión científica llega a Quito, dan comienzo las
insubordinaciones de La Condamine y Buguer frente a la tenue voz de
mando de Godin. Y bajo esa tónica habrán de seguir durante toda su peri-
plo. Más allá del impacto cultural que implica llegar a un mundo totalmen-
te diferente, a los académicos también les toca vivir en Quito una serie de
revueltas, alzamientos y conflictos motivados por una creciente animadver-
sión de los quiteños frente a los europeos. Ellos mismos son causa de múl-
tiples recelos e incluso de choques con las autoridades coloniales. En este
orden de cosas comienzan los trabajos con no pocos celos de unos frente a
otros, contingencias y demás problemas que la misión debe afrontar inclu-
yendo el más acuciante: el económico. Raúl Hernández Asensio es muy
exhaustivo al momento de dar cuenta de tales acontecimientos.
Las disputas se ahondan a la hora de usar los enormes y pesados instru-
mentos, cada medición se hace por separado y cuando uno pierde sus ano-
taciones por algún accidente, deciden repetir las mismas antes que cederlas.
Godin es realmente incapaz de controlar a sus compañeros e imprimir un
sentido de misión compartida. Pese a todo, entre 1738 y 1740 se realizan las
triangulaciones trigonométricas entre Quito y Cuenca. Los fondos económi-
cos de la Academia llega a cuentagotas y Godin se ve impotente de fi nanciar
la misión. La Condamine, sin embargo, es el más aventajado frente a las con-
tingencias, pues gracias a su don de gentes y a su carácter em pren dedor le
es posible enrolarse con las clases pudientes de la Audiencia, con comer-
ciantes e incluso con un sector de la Compañía de Jesús, llegar a ma nejar
algunos caudales y convertirse en benefactor económico de sus com pañeros
a través de un continuo endeudamiento. Al finalizar la misión, La Condamine
es el científico que propicia la construcción de las pirámides en Yaruquí
como un anhelo de dejar huella de los trabajos por él realizados; no obstan-
te, tiene que enfrentar la negligencia de las autoridades locales y has ta de sus
mismos compañeros de expedición. Negligencia que se advierte hasta en la
misma Iglesia, en la que aparecen fuerzas centrífugas que apoyan los moti-
nes populares circunstancia que, por cierto, estará presente hasta la época de
la Independencia. Todos los miembros de la misión regresan a Europa tras
nueve largos años de ausencia corriendo suertes distintas. La Condamine lo
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hace además con la desilusión de no dejar concluida la obra, no así sus con-
tinuos ataques a los españoles que, según él, lejos de acercar a los indígenas
americanos a la civilización han tenido un efecto contrario.
Como corolario, Asensio examina un par de manuscritos que, celosa-
mente conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid y que aparente-
mente fueron de propiedad de Godin, dan cuenta de los inconvenientes que
se produjeron entre los miembros de la misión. El primero, de 105 páginas,
de posible autoría de Ulloa y que el autor lo denomina la “Respuesta”, rei-
vindica la participación española en las operaciones de medición y trata de
demostrar que la ciencia española sí había desarrollado mecanismos institu-
cionales e intelectuales necesarios para participar de las mediciones en con-
traposición a lo que La Condamine aseguraba. El segundo, con aproxima-
damente 240 páginas, tampoco tiene firma y se lo acredita al mismo Godin,
manuscrito que resalta el protagonismo de este científico en las mediciones,
su papel en los conflictos y mucho más furibundo en cuanto atacar la figu-
ra de La Condamine, circunstancia que le ocasionó cierta baja en su popu-
laridad.
Asensio concluye, sin embargo, con una apología a La Condamine, cien-
tífico que luego de hacer otros estudios diferentes a las mediciones se rei-
vindicó definitivamente ante la faz pública francesa de mediados del siglo
XVIII luego de ser admitido en la Academia Francesa de Letras, culminando
así su vida con aquello que tanto había anhelado: ser reconocido como cien-
tífico y como hombre de letras. Y aunque los dos manuscritos mencionados
anteriormente desnuden el fracaso de la misión, para la posteridad quedará,
sin embargo, el gran cúmulo de escritos de La Condamine en los que pon-
dera el éxito de la misma y que, pese a todo, habrá de servir de modelo para
futuras expediciones, incluso para el mismo Humboldt que viaja a Quito en
1802. Escritos que, por cierto, fueron cuestionados por los estudiosos loca-
les (ecuatorianos) y que solo a comienzos del siglo XIX habrían de ser to -
ma dos en cuenta de forma irrefutable.
Rex Típton Sosa
SONIA FERNÁNDEZ RUEDA, COMP., EL FERROCARRIL DE ALFARO.
EL SUEÑO DE LA INTEGRACIÓN, QUITO, TALLER DE ESTUDIOS
HISTÓRICOS/CORPORACIÓN EDITORA NACIONAL,
C
OLECCIÓN TEMAS, NO. 13, 2008, 290 PP.
La aparición de este libro coincide con el centenario de la llegada del
ferrocarril trasandino a Quito, en 1908, evento que señala el derrotero del
liberalismo ecuatoriano en el poder, en términos de “soldar la nación”
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–como dice Jean-Paul Deler– y posibilitar la articulación de un espacio
nacional que trascienda los circuitos regionales.
Dividido en tres partes, este volumen se enfoca en el legado más visible
de la Revolución Liberal e incorpora estudios sobre aspectos estructurales,
como la sociedad, la economía y la cultura ecuatorianas en tiempos de Eloy
Alfaro, así como visiones generales de su proyecto político. También hay
oportunidad para abordar cuestiones puntuales sobre la historia del
Ferrocarril del Sur.
El libro se inicia con una introducción de Sonia Fernández Rueda que
explica la razón de ser de esta publicación, que dialoga con otros estudios
recientes sobre el ferrocarril ecuatoriano, entre los que destaca La obra
redentora, de Kim Clark. Tres textos abren la primera parte y funcionan
como un marco general donde se incluye una especie de balance sobre la
Revolución Liberal, una semblanza sobre el “Viejo Luchador” y el análisis de
un documento sobre las circunstancias de su muerte. En el primero de ellos,
Enrique Ayala Mora repasa el contexto sociopolítico, incluyendo a los dife-
rentes actores del proceso, sus aspectos programáticos y principales logros
del liberalismo radical, relacionados con el establecimiento del laicismo y el
proceso de secularización de la cultura. Ayala sostiene que el principal méri-
to de la Revolución Liberal consistió en haber modificado las relaciones de
poder, “pese a no haber transformado sustancialmente la estructura econó-
mica del Ecuador”. Jorge Núñez Sánchez elabora un sucinto cuadro biográ-
fico de Alfaro, centrándose en su faceta de revolucionario y estadista, cuya
acción política estuvo orientada a crear un Estado laico y nacionalista.
Santiago Cabrera Hanna comenta el documento titulado “Sucesos recientes
que pueden interesar al porvenir. Año de 1912”, escrito por Cristóbal de
Gangotena y Jijón, uno de los más conspicuos representantes del conserva-
durismo ecuatoriano. Este manuscrito permite conocer la versión de la línea
“dura” del Partido Conservador acerca del asesinato de Eloy Alfaro y sus
compañeros, el 28 de enero de 1912.
La segunda parte está destinada a entender las condiciones sociales, eco-
nómicas y culturales de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, en un
país que demandaba cambios. Juan J. Paz y Miño Cepeda realiza una atina-
da síntesis sobre la economía y la sociedad de la época de auge cacaotero
(1880-1920), lo que posibilitó el ascenso de la burguesía, la creciente parti-
cipación de las clases medias y el nacimiento de la organización popular, con
la creación de asociaciones mutuales y núcleos obreros que recibieron apoyo
de los regímenes alfaristas. César Albornoz destaca la figura política de José
Peralta, uno de los principales ideólogos de la Revolución Liberal, cuyo dis-
curso, en los últimos años de su vida, devino próximo al socialismo. El tono
casi apologético del artículo modifica, en algo, la línea analítica y crítica del
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libro; sin embargo, es importante la inclusión de Peralta y otros autores del
proyecto ideológico radical. Martha Moscoso elabora una destacada visión de
conjunto sobre la familia liberal en la época de Alfaro, señalando que, pese
a los cambios sociales que impulsó la revolución, sumado al predominio de
la idea del progreso, no fue alterado el sistema tradicional de roles que
entendía a la familia como el receptáculo de las diferencias “naturalizadas”,
entre hombres y mujeres. La mujer continuó siendo el ángel del hogar”,
sumisa y destinada a las labores domésticas, frente a la imagen del hombre
protector. No obstante –apunta Moscoso– el cambio más notorio se produjo
en la esfera de los valores del laicismo, especialmente el patriotismo o “amor
a la patria”, que fue adoptado por los sectores conservadores, incluida la
Iglesia, como correlato del amor cristiano. Ana María Goetschel escribe un
ensayo sobre la educación de las mujeres en el período liberal, enfocándolo
desde el rol social de los agentes, en este caso, maestras de escuelas fiscales
que pugnaron por abrirse espacio en la esfera pública. Una de esas brillan-
tes intelectuales que lucharon por el reconocimiento de los derechos de las
mujeres fue Zoila Ugarte de Landívar, cuyo legado es repasado por
Alexandra Sevilla, quien la reconoce como “mujer transgresora”, en perma-
nente conflicto con los mecanismos de control de la sociedad patriarcal.
Siete artículos sobre diversos temas relacionados con el ferrocarril tras -
andino cierran el volumen, junto a una detallada cronología y la incorpora-
ción de documentos que incluyen discursos, crónicas y poemas sobre la lle-
gada del ferrocarril a la estación de Chimbacalle, el 25 de junio de 1908. Juan
Fernando Regalado explora los vínculos humanos y económicos que se
generaron, y destaca la articulación social entre Costa y Sierra, como parte
de una ambiciosa política de integración nacional proyectada por Alfaro.
Galo García Idrovo explica por qué los hermanos Harman escogieron la
cuenca del río Chanchán, y no la del Chimbo, para conectarse con las pobla-
ciones serranas. En el texto se recuerda la presencia de los trabajadores
jamaiquinos y mano de obra indígena que, en condiciones poco favorables,
lograron salvar la enmarañada geografía andina. Lucía Moscoso hace refe-
rencia a las ceremonias que se efectuaron el día del arribo del tren a Quito
y el aparato simbólico construido en torno al progreso. John F. Uggen des-
cribe las actividades del empresario estadounidense Archer Harman en el
Ecuador, accionista principal del Ferrocarril del Sur y acaso su más decidido
promotor. Uggen refiere que el propio Eloy Alfaro, en su Historia del ferro-
carril, afir que “sin el auxilio personal de don Archer Harman, jamás
habría podido realizar la Obra del Ferrocarril Trasandino del Ecuador, como
al fin se realizó, venciendo dificultades casi increíbles”. Franklin Cepeda
Astudillo examina el papel que jugó la prensa en Riobamba, entre 1900 y
1925, a propósito del paso del ferrocarril por esta ciudad de los Andes, inter-
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media entre Quito y Guayaquil. Cepeda sugiere que la “causa ferroviaria”
posibilitó el ejercicio de un periodismo ligado a las demandas políticas,
sociales y económicas locales. Alex Schlenker selecciona y comenta un
grupo de fotografías relacionadas con el ferrocarril ecuatoriano. Éstas pro-
ceden del Archivo Histórico del Banco Central y plasman eventos acaecidos
entre 1905 y 1935. Independientemente de la densidad estética de las imá-
genes, no existe un eje articulador que consolide el conjunto. Lucía Chi ri bo -
ga, del Taller Visual, cierra la obra con el análisis de las fotografías de Hor -
gan Photo, firma de un autor prácticamente desconocido, John Horgan Jr.,
fotógrafo de Birmingham, Alabama (EE.UU.), quien hacia 1901 registró el
camino de la línea férrea, así como su paisaje humano y natural, y obtuvo
imágenes de gran calidad.
El ferrocarril de Alfaro. El sueño de la integración es un relato de múlti-
ples voces, sobre distintas visiones de la etapa liberal alfarista, que se cen-
tra en el impacto que produjo la construcción del ferrocarril trasandino para
las generaciones venideras. Su presencia en el imaginario social contribuyó,
como símbolo de unidad nacional, a afianzar nexos interregionales, dinami-
zar núcleos urbanos y percibir la pujante marcha de la modernidad.
Ángel Emilio Hidalgo
JAIRO GUTIÉRREZ RAMOS, LOS INDIOS DE PASTO CONTRA LA REPÚBLICA
(1809-1824),BOGOTÁ, INSTITUTO COLOMBIANO DE ANTROPOLOGÍA
E
HISTORIA, 2007, 276 PP.
Por mucho tiempo, los pastusos han sido objeto de todo tipo de burlas
y chistes en Colombia. Quizá los demás colombianos piensan que aquel
pue blo, integrado en su mayoría por indios, es el prototipo de la ingenui-
dad, una de cuyas expresiones fue su actuación en el proceso de la In de -
pen den cia, en el cual fueron férreos partidarios del Rey y de las institucio-
nes heredadas de la Colonia. Por su comportamiento anti-ilustrado, anti-
republicano y anti-liberal se considera que, sin duda, este se explica por su
sumisión al clero y a las autoridades regias. Más aún, para cualquier colom-
biano resulta inadmisible e incomprensible la actitud de los pastusos, que se
negaron por varios años a plegarse a las leyes y la Constitución colombiana
de 1821, consideradas como una conquista de la razón y de las justas armas
de los “libertadores”.
Frente a este tipo de prejuicios sustentados en el desconocimiento de la
historia de un pueblo cuya cultura resulta extraña para nuestra racionalidad,
el libro del profesor Jairo Gutiérrez es una dosis necesaria de crítica y com-
prensión histórica para no olvidar que, así como existen rupturas políticas
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que explican el nacimiento de nuestras repúblicas, subsisten estructuras pro-
fundas –geográficas, sociales y culturales– cuyas duraciones se remontan
algunos siglos atrás. Por este motivo, para entender la actitud de los pastu-
sos en la Independencia, el autor no se conforma con estudiarlos en la
coyuntura de comienzos del siglo XIX, sino que estudia la historia de la
sociedad pastusa desde los primeros registros de los cronistas españoles,
más aún desde la dominación inca.
Con los riesgos que esto implica, se busca en aquellos procesos ante-
riores a la conquista las estructuras sociales y las instituciones culturales que
permitan comprender la manera como se adaptó aquel pueblo a un territo-
rio con unas características geográficas donde se practica lo que denomina
“microverticalidad” –un tanto diferente de los “archipiélagos verticales” de
John Murra–, ya que los mecanismos de intercambio y reciprocidad entre los
diferentes ayllus o llactakunas se complementaban con el trueque agencia-
do por los mindalaes, comerciantes que trashumaban entre los señoríos qui-
teños. De tal manera que el territorio de Pasto es definido en los tiempos
incaicos como la frontera septentrional del Tahuantisuyu, sobre los Andes de
páramo.
Con la conquista española, aquel sistema económico y de relaciones
sociales fue drásticamente alterado por otro, resultado de un proceso vio-
lento de dominación y apropiación, mediante el cual se intentó garantizar la
supervivencia de la población aborigen y la acumulación de riquezas por
parte de los españoles. Las nuevas instituciones que rigieron la vida de aque-
lla comunidad fueron la encomienda, la mita y el tributo. Y como socios e
intermediarios fueron reclutados los jefes étnicos o kurakas. Dichas institu-
ciones dislocaron las normas andinas de convivencia social y producción
económica, lo que significó una fuerte crisis en las comunidades nativas. No
obstante, los conquistadores debieron tolerar y convivir con múltiples super-
vivencias culturales andinas y con dos estructuras de larga duración: el pai-
saje y las modalidades de adaptación social al medio andino.
Pero, al mismo tiempo que hubo permanencias, las medidas tomadas
por las autoridades del virreinato del Perú significaron modificaciones sus-
tanciales en las relaciones entre las comunidades y sus autoridades, y pro-
dujeron la debacle demográfica, social y religiosa. En medio de las preten-
siones de los conquistadores por desconocer la soberanía de la Corona espa-
ñola sobre sus colonias americanas, en 1568 se crla denominada Junta
Magna, mediante la cual Felipe II intentaba prestar mayor atención a sus
posesiones indianas. De esta surgió la política de reducción de los indios a
pueblos para hacer de los nativos vasallos útiles, reuniéndolos en centros
urbanos donde vivieran “en policía” y “a son de campana”, es decir, bajo el
control directo de los clérigos y de las instituciones municipales, garantizan-
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do así su cristianización y civilización. Aquella política tuvo como uno de sus
mayores impulsores al virrey Francisco de Toledo (1569-1581) y entre sus
ideólogos a Pedro Sarmiento de Gamboa, al obispo García de Toledo y al
oidor de Charcas Juan de Matienzo.
Dichas reformas chocaron con diferentes formas de resistencia indígena,
las cuales iban desde las habituales medidas cotidianas como la desidia y el
desgano en la ejecución de las obras encomendadas, pasando por el esca-
moteo y sabotaje de los instrumentos y los ritmos de producción, hasta el
abandono del lugar de habitación o trabajo, o la rebelión abierta. En esta
última modalidad de resistencia se analizan el movimiento neoinca de
Manco Inca y el milenarista de Taky Onqoy. De nuevo la reacción de las
autoridades virreinales consistió en la represión ideológica contemplada en
las reformas toledanas y la política de extirpación de las idolatrías, cuyos
efectos se prolongaron hasta fines de la época colonial. El resultado fue la
reestructuración de las comunidades tradicionales en reducciones o pueblos
de indios, mediante los cuales se legitimó el despojo y la aculturación de los
pobladores originarios. Esta forma de poblamiento y administración facilitó
al Estado colonial y a los colonos españoles la extorsión de la energía labo-
ral y los excedentes generados por las comunidades, así como su control
político e ideológico.
A comienzos del siglo XVIII, cuando las comunidades andinas estaban
em pezando a adaptarse al sistema de dominación colonial de los Habs bur -
go, luego de una grave crisis política acaecida en Europa por la Guerra de
Sucesión entre los pretendientes a la Corona española, llegó al trono el aspi-
rante francés Felipe de Anjou, coronado con el título de Felipe V. La nueva
dinastía diseñó una serie de políticas encaminadas a incrementar las rentas
producidas por las colonias españolas, lo que requería revisar todas las polí-
ticas y prácticas económicas, administrativas, educativas y culturales aplica-
das hasta entonces. Una de las ideas rectoras de aquellas reformas incluía la
propuesta de que el Estado debía “integrar” al indio a la sociedad hispánica
y al mercado, con el propósito de hacerlo un vasallo más productivo, rom-
piendo con la segmentación y segregación social imperante.
Estas medidas desataron una larga y violenta reacción de las comunida-
des andinas, que se manifestó a través de motines, asonadas, sublevaciones
y rebeliones, dando lugar a lo que algunos autores han llamado la Era de
la Insurrección Andina”. Estas rebeliones estuvieron motivadas, en unos
casos, por los abusos de los corregidores en los repartos forzosos, la defen-
sa de los resguardos, el cobro del tributo y la asignación de las mitas. En los
casos de Quito y Pasto los indios se sublevaron contra los intentos de esta-
blecer estancos y aduanas, y por el aumento en el recaudo de tributos y alca-
balas. En la provincia de Pasto, adscrita a la jurisdicción de la Audiencia de
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Quito, temiendo la reacción violenta de los indios, al corregidor le fue impo-
sible realizar su empadronamiento, motivo por el cual debió hacerlo con
base en los padrones parroquiales. En 1781, un intento de establecer el
estanco de aguardiente en Pasto resultó en un motín que cobró con la muer-
te del funcionario enviado para tal fin, cuyo cadáver fue molido a garrota-
zos por los amotinados. De nuevo en 1800 se presentó un nuevo motín, en
los pueblos de Túquerres, Guaitarilla y Sapuyes, en la provincia de los
Pastos, con motivo de la ampliación del cobro de diezmos a productos que
estaban exentos del tributo.
De esta manera pueden resumirse las tres cuartas partes de este libro que
sigue la máxima de Charles Tilly, quien propone dedicar mucho más espa-
cio e interés a los “antecedentes” y al “contexto” que a la descripción de los
acontecimientos militares y políticos. Porque, valga decir, esta obra tiene
como modelos teóricos e historiográficos a la más moderna historia social y
la sociología histórica, representada en autores clásicos como Marx o Weber
y modernos como Norbert Elías, Barrington Moore, Theda Skocpol, y ameri-
canistas connotados como Steve Stern, Heraclio Bonilla, Brian Hamnett, Eric
Van Young y Eric Wolf, entre otros. Será con base en el contexto histórico
antes descrito y con el modelo analítico de dichos autores que el autor sus-
tenta su hipótesis de trabajo, la cual resume de la siguiente manera:
Los indios de Pasto se enfrentaron a los ejércitos republicanos en defensa de un
modo de vida al que debieron adaptarse con enormes dificultades y sacrificios
a lo largo del período colonial, pero que había demostrado que podía garanti-
zar los mecanismos adecuados para la producción y reproducción material y
simbólica de cada grupo, y que el nuevo orden republicano amenazaba destruir:
las comunidades campesinas corporativas y cerradas” que eran los pueblos de
indios (p. 32).
En este orden de ideas, la propuesta republicana de construir una na -
ción de ciudadanos iguales entre atentaba contra una organización social
y política producto de un difícil proceso de adaptación al sistema colonial
impuesto por los españoles, en el cual la figura del rey por lo menos repre-
sentaba un padre protector y recurso final ante los agravios que todos se
sentían con derecho de irrogar a los indios. Instituciones como los resguar-
dos, los cabildos menores, los conventos, cofradías y cajas de comunidad,
ga rantizaban el arraigo y la obtención de medios de subsistencia para las
comunidades, participación en el manejo del poder local y mecanismos de
solidaridad y redistribución. Aquella comunidad “real” se vio amenazada por
la “comunidad imaginada” de la república grancolombiana, motivando el
rechazo frontal de la población indígena pastusa, que intentó con obstina-
ción restaurar el régimen colonial.
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Lo cierto es que, después de la capitulación del ejército español ante
Bolívar en 1822, aquellas comunidades actuaron por su propia cuenta, mos-
trando autonomía frente a las élites pastusas y el clero, organizaron sus pro-
pios cuerpos armados y emprendieron una serie de sublevaciones contra el
proyecto republicano. Comandados por sus caciques y otros líderes comu-
nales, se tomaron en varias ocasiones la ciudad de Pasto, ocasionaron cien-
tos de bajas al ejército colombiano y obligaron a Bolívar a tomar por su pro-
pia cuenta la represión de la revuelta encabezada por Agustín Agualongo y
Estanislao Merchancano, quienes fueron aplastados en Ibarra por el ejército
colombiano. Allí murieron cerca de 800 pastusos, pero no así la obstinación
de este pueblo por resistir a la imposición de las instituciones republicanas,
motivo por el cual las rebeliones continuaron hasta 1824 y a pesar de sus
derrotas militares, obtuvo triunfos políticos, como la lenta aplicación del
paquete normativo liberal y la pervivencia de muchas de las instituciones
propias de aquellas comunidades corporativas de campesinos.
Como puede apreciarse, la obra del profesor Gutiérrez es una aproxi-
mación a una historia “desde abajo”, ya que su lectura crítica de las escasas
fuentes disponibles le permite acercarse, aunque a través de ocasionales tes-
timonios externos, al universo de las intenciones, ideas y motivaciones pro-
fundas de aquel pueblo para resistir al republicanismo. Es, además, una his-
toria valiente que se atreve a pensar la Independencia libre de los prejuicios
patrióticos o nacionalistas, y aun a contrapelo de discursos liberales y neo -
ilustrados, las razones intrínsecas de las culturas aborígenes para resistir ante
los embates de los estados nacionales por imponer su igualdad formal, su
lengua única, su sistema educativo y su forma de organización social y polí-
tica, al servicio de los sectores dominantes.
Rodrigo de Jesús García
Universidad de Antioquia
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